Una ardua semana, finde de Papeterie, y dos conejos del infierno. Parte II

Así continuó el domingo. Como no soy fan de los huevos de pascua decidí que mi homenaje sería para los conejos y sus maravillosos hábitos alimenticios. Nuevamente empoderada en la posibilidad de ser un conejo se me ocurrió que le receta por antonomasia de un día como ese debía ser el Carrot Cake. Es la sublimación de las zanahorias, y una receta que seguramente era preparada en casamientos, bautismos conejiles y en el dia de Pascua, naturalmente.

Me aventuré con la receta del blog “dulce sentimiento” que me pareció buena porque traía poca cantidad de materia grasa, en comparación con otras. A decir verdad es una receta un tanto trabajosa porque hay que rallar una buena cantidad de zanahorias, de hecho, me rallé el dedo varias veces) y además necesita unos 90 minutos de horno, seguramente porque la zanahoria aporta mucha humedad a la masa.Copio el link de la receta, por si te animas. Deberías, porque sabe a cielo… y a zanahorias.

Carrot Cake

Pensé omitir el frosting,  ya que estoy intentando dejar el azúcar, a ver si mis muslos se compadecen de mí y logro entrar cómodamente en mis pantalones ajustados, pero la receta está pensada para el incremento de dulzor que entrega el Frosting. Lo hice al día siguiente y lo decoré con la única zanahoria de mazapán que venía en el nidito de Kidu. Aproveché de espolvorear un poco de azúcar que teñí con colorante comestible de color naranja, y lo puse en un plato bonito.

Un tazón de té chai de la marca Tazo, mi favorito por la intensidad de las especias,  y mi plato de carrot cake son lo que necesitaba para repasar las compras de papeterie del dia anterior, que aún me colmaban el corazón. Todo esto lo compré en la Librería Contrapunto, que queda en el Alto Las Condes y que está más orientada a los libros de ediciones de lujo. Hace tiempo  había echado un vistazo a los productos que tienen con las ilustraciones de París, pero ver que quedaban pocos me hizo decidirme. Compré un set de cajitas metálicas  y un paquete de pegatinas.

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Lo que me parece más increíble es la capacidad que tuvo el ilustrador de traducir y sintetizar la ciudad. Son imágenes que se respiran, quien ha estado ahí sabe que París huele a esos colores. Como si no bastara un librito pequeño comienza a guiñarme el ojo en la caja. Se trata de esas tentativas editoriales de reunir todas las cosas que podrían hacernos felices pero que descartamos por la vertiginosidad de los días, por la contingencia, por las hormigas cotidianas, como decía Neruda.

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Pregunto si tienen otro, pero es el último, así que no pude comprar uno para ti, lo que nos obliga a repasarlo tomándonos un té o haciendo un pícnic imporvisado, como ese día en el Parque araucano, cuando compramos ensaladas y jugos y se nos pasé la tarde leyendo el sueño y durmiendo las primicias de libros recién comprados. Simplemente así,  logramos vivir al revés, tomar el camino contrario, de la congestión que nos rodeaba.

¿Cuándo vienes? Decídelo pronto…

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